“Soy una persona de otra época. No hablo metafóricamente, sino de forma literal. Llegué al mundo en un período que los geólogos denominan el Holoceno, y lo abandonaré, igual que todos cuantos vivimos en la actualidad, en el Antropoceno, es decir, en el período de los seres humanos”.
Con estas palabras, David Attenborough inicia la conclusión de uno de sus libros más destacados, Una vida en nuestro planeta. Estas palabras resuenan aún más hoy, en la celebración de su cumpleaños número 100. Sí, 100 años de vida en la Tierra, una vida dedicada al servicio de mostrar ese planeta, enseñar sobre él y promover su cuidado.
Quizás a algunos de David Attenborough no les resuena, quizás tampoco al verlo en las fotografías más actuales o las pasadas, pero hay algo que casi toda persona reconoce: su voz. Clara, pausada, precisa, con un estilo casi romántico, llena de adjetivos capaces de embellecer el más mínimo movimiento de una tortuga o expandir lo que genera la salida a superficie de una ballena.
Con estudios en geología y zoología, Attenborough se destacó por llevar el mundo natural a los hogares a través de producciones audiovisuales y por hacerlo de una forma diferente, innovadora, inteligente. El niño nacido en el suburbio londinense de Isleworth, pasó a ser reconocido en su adultez como “la voz de la naturaleza”.

En ese proceso, Attenborough también fue una de las pocas personas que pudo registrar con sus propios ojos los cambios que las actividades humanas fueron generando en el ambiente, las otras especies, y la supervivencia de la propia.
“Nos hemos convertido en una fuerza global tan poderosa que nuestra sola actividad está afectando al planeta entero”, expresa en su libro y subraya: “Al final, seremos nosotros quienes decidamos qué versión del Antropoceno habrá de desarrollarse ante nuestros ojos (…) Los peligros a los que hoy se enfrenta el conjunto del planeta son globales, y solamente podrán abordarse con éxito si los países dejan a un lado sus diferencias y se unen para actuar de común acuerdo en toda la Tierra”.
Su cumpleaños número 100 será la ocasión de reproducción de sus más de 40 series documentales -sin contar todas las otras que cuentan con su voz narradora-, y tendrá un evento exclusivo convocado por la BBC en el Royal Albert Hall de Londres. En Huella Zero, lo celebramos haciendo un recorrido por su trabajo en función de cinco aprendizajes destacados que nos deja su legado.
David Attenborough revolucionó la televisión: cambió la forma de mostrar la naturaleza
El medio de comunicación que le atrajo en un principio a Attenborough no fue la televisión que lo terminaría viendo triunfar. Fue la radio. Hizo tres intentos para ingresar a trabajar en la radio de la cadena pública británica BBC. Si bien no fueron exitosos, ello le abrió la puerta a iniciar su carrera en la producción de contenidos para la caja de imágenes y sonido que se ubicaba en el living de las familias: la televisión.
Trabajó como productor, estuvo detrás de la programación educativa de la cadena, llegó a ser director de programación y tuvo su primer gran impacto con la serie Zoo Quest, con la que Attenborough exploró, durante 10 años, hábitats remotos y animales poco conocidos hasta el momento. Abandonó el rol permanente en BBC y decidió regresar con algo distinto. Eso que marcaría un antes y un después en su vida, y en la de las audiencias.
Attenborough propuso a la BBC realizar una serie televisa de historia natural que mostrara la evolución de la vida en la Tierra. Trabajaron durante tres años y recorrieron 49 países, algo que no se había realizado antes para un documental ambiental. El resultado fue la ahora histórica y reconocida La vida en la Tierra.

Ese fue el inicio de una serie de contenidos que continuaron el mismo propósito. También tuvieron que adaptarse a los cambios que el ser humano iba realizando en la bella naturaleza. A través de las producciones audiovisuales, Attenborough buscó llevar a los hogares las maravillas de la naturaleza para promover su protección, también visibilizó su fragilidad ante las actividades humanas para urgir un llamado de acción.
Fue un traductor único: narró el complejo mundo científico de una forma entendible y atractiva a las audiencias
La particularidad del trabajo de Attenborough no se limitó sólo a mostrar la naturaleza desde la naturaleza misma, sino que también se complementó con un estilo particular en su contenido y narrativa.
En cada programa televisivo, en cada documental, el naturalista británico supo traducir la compleja, técnica y lejana información científica de cada animal, cada ecosistema, cada elemento de la biodiversidad a un lenguaje sencillo y entendible. Su particular voz, su elocuencia para describir el más mínimo detalle -incluso con humor- supieron atraer la atención de las audiencias y despertar su interés.
“Él entiende la televisión porque estuvo allí cuando comenzó e inventó gran parte de ella para la BBC. Por ese enorme conocimiento, puede comunicarse con el público de una manera que parece sencilla, pero que, en realidad, requiere una gran cantidad de conocimiento y habilidad para mostrar las cosas de la forma en que lo dice”, compartió en una entrevista a Huella Zero en 2025, Keith Scholey, director de los documentales Océanos y Una vida en nuestro planeta, entre otros.
Compañero de trabajo de Attenborough durante los últimos 40 años, Scholey destaca: “Nunca podríamos haber hecho Océanos con nadie más porque él es la única persona en la que el mundo confía para hablar sobre lo que es un tema difícil y controvertido. Todo el mundo confía en David, él nunca nos ha dicho nada que no sea cierto. Y por eso hay que escucharlo”.

Es un eterno alumno: mostró la importancia de mantenerse curiosos y aprender constantemente
Filmando en la Patagonia argentina el documental Attenborough y el dinosaurio gigante, el comunicador británico encontró una pieza de fósil de huevo de lo que se considera el dinosaurio más grande descubierto.
“¡Es una pieza enorme! Asombroso”, dice y le realiza preguntas al científico mientras toca la pieza. “Podemos ver todos los pequeños poros en la superficie. ¡Qué hermosa pieza! Debes admitir que es bastante romántico”, le dice al científico, se ríen y, como el naturalista responsable que es, agrega: “Debo volver a colocarla donde la encontré”. Y la vuelve a dejar en suelo patagónico.
Así son cada una de sus producciones. Quienes han trabajado con él coinciden en que ello no es parte del guión. Por el contrario, eso es Attenborough en su esplendor: curioso, apasionado por aprender, ávido por preguntar.
Aún siendo una de las personas que más conoce y sabe sobre el mundo natural, Attenborough jamás descansa en el proceso de aprendizaje, en el dar voz a los expertos especializados, en realizar preguntas. Eso, en tiempos de desinformación y explosión de generadores de contenido, es de valioso recordatorio.
“Cada vez que trabajé con él, aprendí algo nuevo y diferente. Porque es una persona increíblemente interesante”, reflexiona Scholey y agrega: “Durante toda mi carrera con David, lo que realmente aprendí es que en el fondo él es el mejor presentador. Uno de los mejores que el mundo ha conocido”.
Impactó positivamente: desde los espacios políticos internacionales al barrio londinense en el que vive
A lo largo de sus más de 60 décadas de trabajo, Attenborough ha recorrido también el mundo exponiendo en eventos, reuniéndose con líderes, siendo un referente de la comunicación y la divulgación.
En 2021, fue protagonista de la apertura de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, la COP26 que se realizó en Glasgow, Escocia. Allí dio un mensaje contundente a los representantes políticos de los diferentes países que lo escuchaban atentamente en el auditorio.
“Si por separado somos una fuerza lo suficientemente poderosa como para desestabilizar nuestro planeta, sin duda, trabajando juntos somos lo suficientemente poderosos como para salvarlo. En mi vida, he presenciado un declive terrible. En la suya, podrían y deberían presenciar una recuperación maravillosa. Esa esperanza desesperada, señoras y señores, delegados, excelencias, es la razón por la que el mundo los mira y por la que están aquí”, expresó.
Cuánto hicieron de la escucha un avance en la acción práctica a lo largo de estos años y los anteriores tiene una respuesta con sabor amargo. Cuando Attenborough tenía 11 años en 1937 la concentración de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera era de 280 partes por millón (ppm. Hoy, a sus 100 años, la cifra ascendió a 429 ppm. El límite máximo deseable era 350 ppm.
Ello no lo detiene a Attenborough. Lo impulsa a seguir trabajando. Y a hacerlo en lo global y sistémico, y en lo local y colectivo.

“Es un refugio y una fuente de inspiración”, ha dicho Attenborough sobre Richmond, el barrio londinense ubicado a 20-30 minutos en tren del centro de la capital inglesa, que cuenta con un parque de más de mil hectáreas, una manada de 630 ciervos y 144 especies de aves. Ese barrio es el hogar al que, desde hace 70 años, Attenborough regresa, en el que reside y el cual disfruta.
Ese es el barrio que también busca cuidar. Attenborough apoya como patronato la labor de Friends of Richmond Park, organización benéfica dedicada a la protección y conservación del parque. Además, se toma el trabajo de autografiar cada uno de sus libros que vende la librería independiente -fundada en 1987- The Open Book. “No me gustaría vivir en otro lugar”, aseguró David sobre Richmond.
Dedicó una vida al cuidado del planeta: a sus 100 años, sigue realizando documentales para concientizar
¿Este es el último documental que vemos de David? Preguntamos en mayo de 2025 a los directores de Océanos en ocasión de su estreno. “¿Quién sabe? Sólo él puede responder a eso. Creo que seguirá adelante hasta que no pueda más”, respondió Toby Nowlan, director y productor del documental.
Desde entonces, se han estrenado Parenthood, una serie documental sobre el rol paternal y los vínculos de distintas especies animales en el océano, la pradera, el agua dulce y la jungla; Kingdom, una serie televisiva sobre cuatro familias de leopardos, hienas, perros salvajes y leones en Zambia; Secret Garden, una mini-serie televisiva sobre la vida salvaje escondida en los parques y patios de Reino Unido; y Wild London, un especial televisivo que explora la biodiversidad de su ciudad natal, Londres.
Su más reciente trabajo documental, Una historia de gorilas, convoca a realizar un viaje a 1978 y ese sorpresivo momento en Ruanda en que una cría de gorila, a quien nombró Pablo, se acerca a Attenborough mientras filmaban y se acuesta encima de él. El viaje sigue a la actualidad, con los descendientes de ese mismo gorila, que luchan por reproducirse, por medios de subsistencia y por competir territorio con la expansión agrícola del ser humano.
Ese encuentro con los otros primates, y particularmente con Pablo, parece haber marcado a Attenborough para siempre. “Nunca lo olvidaré. Ni al impacto que tuvo en mí. Hay más significado y comprensión mutua en intercambiar una mirada con un gorila que con cualquier otro animal que conozca”, reflexiona.
Una historia de gorilas seguramente no sea el último documental que conoceremos de Attenborough. Scholey así lo expresa: “David siempre seguirá trabajando. Para él, el tiempo siempre ha sido preciado. Siempre está interesado en nuevas cosas”.

