“Los países desarrollados deben acelerar el reloj para duplicar la financiación de la adaptación”, decía Antonio Guterres, en la inauguración de la Conferencia de las Partes de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, en Bakú, Azerbaiyán. En su discurso, Guterres resaltaba uno de los temas más importantes para el mundo en desarrollo, pero que ha sido uno de los más olvidados en estos eventos: los mecanismos de adaptación.
En un mundo en el que cada vez incrementan los impactos del cambio climático, aumentar la resiliencia de las comunidades para que puedan reaccionar o estar preparadas para estos efectos adversos es indispensable. Sin embargo, históricamente, la adaptación solo ha recibido el 10% de los fondos climáticos en comparación con lo que se destina a la mitigación, que corresponde a las acciones para disminuir las emisiones y luchar contra el aumento de la temperatura del planeta.
Aunque ambos aspectos son esenciales (mitigación y adaptación), para los países en vías de desarrollo, como los de América Latina, adaptarse es más urgente. Esto se debe a que la región no es una gran contribuyente de gases de efecto invernadero, pero, por otro lado, es una de las más vulnerables a los impactos de la crisis climática.
Durante esta COP29 se esperaba que la adaptación ocupara un rol importante, sobre todo en el nuevo objetivo de financiamiento, conocido como NCQG por sus siglas en inglés. Sin embargo, aunque hubo avances, el nuevo monto no específica un porcentaje o los recursos económicos que deben entregar los países desarrollados a los que están en vías de desarrollo para que puedan implementar medidas de adaptación.
Un avance a medias
El financiamiento, como se preveía desde un inicio, fue el tema central de la COP29 en Azerbaiyán. La falta de acuerdos en torno a la cifra económica ocasionó que la conferencia se extendiera 30 horas más de lo planeado y finalmente terminara el domingo con un acuerdo que dejó un sabor amargo a los países en vías de desarrollo.
La movilización de USD 300 mil millones anuales hasta el 2035, que fue el acuerdo al que se llegó, no fue lo único que causó decepción. Uno de los pedidos de la sociedad civil desde un inicio había sido la creación de una submeta destinada exclusivamente al financiamiento para la adaptación, lo que finalmente no apareció en el texto final del NCQG.
“Esto refleja una falta de prioridad hacia las necesidades de los países más vulnerables. El financiamiento prometido para la adaptación está muy por debajo de los USD 215-387 mil millones anuales que se necesitan hasta 2030”, explica Natalie Unterstell, presidenta del Instituto Tanaloa de Brasil.
Junto con otras 40 organizaciones, el Instinto Tanaloa envió una carta a todas las cancillerías de Latinoamérica con los elementos que consideraban importantes para negociar en Bakú, con el fin de llegar con algo robusto a la siguiente COP de Belén en temas de adaptación. Entre estos pedidos, justamente resaltaba que se incluyan metas específicas y separadas sobre esta temática y que el NCQG de respuestas a las necesidades actuales.
“El resultado perpetúa el desequilibrio entre mitigación y adaptación, dejando a millones de personas expuestas a los impactos del cambio climático sin los recursos necesarios para responder”, resalta la especialista.
Una brecha evidente
Las afirmaciones de Unterstell también se reflejan en el texto del nuevo objetivo de financiamiento. Allí, se resalta que las necesidades financieras de los países en desarrollo, identificadas a través de lo que reportaron en sus compromisos climáticos, se estiman entre USD 5.1 y 6.8 billones hasta el año 2030.
Solo para adaptación, en el texto se admite que se necesitan los USD 215.000 millones a 387.000 millones anuales hasta el 2030, que señalaba la presidenta del Instituto Tanaloa. Además, el texto resalta “con preocupación” la diferencia entre lo que se destina al financiamiento climático y las necesidades reales de adaptación para los países en desarrollo.
De acuerdo al último Informe sobre la Brecha de Adaptación 2024, que se presentó días antes del inicio de la COP29, la diferencia que existe entre el monto necesario y el que se destina a estos temas asciende a USD 187.000 millones y USD 359.000 millones de dólares al año.
Por eso, Unterstell cree que era necesario especificar un porcentaje, como se planteó en versiones previas del texto, donde se mencionaba un monto para adaptación, otro para mitigación y otro para pérdidas y daños. Finalmente el texto final establece que los USD 300.000 millones anuales se destinarán a “acciones ambiciosas y significativas de mitigación y adaptación”, en general.
La COP30 brinda esperanza
Para Alejandra López Carvajal, directora de Diplomacia Climática del centro de pensamiento latinoamericano Transforma, hay una oportunidad para buscar más recursos para adaptación y resiliencia en los Mecanismos de la Convención Marco que, de cumplirse lo prometido, deberán recibir al menos tres veces los recursos actuales.
López se refiere a lo que se menciona en el texto final del nuevo objetivo de financiamiento sobre el fondo de adaptación. Allí, se motiva a buscar esfuerzos para al menos triplicar los flujos anuales que llegan a este fondo hasta 2030 a más tardar.
Tras el final de la COP29, empieza un nuevo desafío de cara a la COP30 en Belén, Brasil, donde se espera que este tema ocupe un rol protagónico. En el siguiente encuentro se deberán presentar los avances en cuanto al Objetivo Global de Adaptación (GGA por sus siglas en inglés).
Unterstell considera que el mayor desafío será colocar la adaptación en el centro de las negociaciones, con objetivos claros y recursos suficientes. Brasil deberá liderar esfuerzos para garantizar que el financiamiento climático sea accesible y justo, y evitar que los países más vulnerables se endeuden aún más.
También será clave proponer mecanismos innovadores para movilizar recursos, basados en el principio de que los mayores contaminadores deben asumir la responsabilidad de financiar las soluciones.
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