“El deporte proporciona algunos de los modelos a seguir más influyentes de la sociedad. Si el deporte puede cambiar la forma en que opera, para actuar a la velocidad y escala necesarias para detener la emergencia climática, otros lo seguirán”. Andrew Simms, coordinador de Rapid Transition Alliance, una red de organizaciones internacionales que se dedican al trabajo práctico, la investigación y la campaña para hacer frente a la emergencia climática.
Ya estamos “jugando” la prórroga
Según el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), que es el organismo de las Naciones Unidas que evalúa la ciencia relacionada con el cambio climático, si queremos mitigar los peores aspectos del cambio climático, necesitamos reducciones de carbono en la próxima década. En ese sentido el deporte puede ofrecer un liderazgo de acción climática vital y visionario.
El estudio “Jugando contra el reloj: el deporte global, la emergencia climática y el caso de un cambio rápido”, escrito por el destacado académico y autor de libros David Goldblatt, para Rapid Transition Alliance, afirmó que para 2050 se estima que casi uno de cada cuatro campos de la liga de fútbol inglesa puede sufrir inundaciones cada año.
El tenis, el rugby, el atletismo y los deportes de invierno “también enfrentarán serios desafíos por los impactos del aumento de las temperaturas”, anticipó Goldblatt.
“El deporte puede ser lo suficientemente grande como para registrarse, en términos de emisiones de carbono, como un pequeño estado nación o una sola megaciudad, pero sus propios esfuerzos son solo una fracción de un punto porcentual del total mundial”.
Afirmó Goldblatt.
Si bien algunas organizaciones deportivas, incluido el Comité Olímpico Internacional y la FIFA, se han suscrito a un plan de acción de la ONU para hacer que el deporte sea neutral en carbono para 2050, la mayoría de las autoridades deportivas no lo han hecho.
La Copa del Mundo FIFA de 2014, celebrada en Brasil, arrojó impactos impensables en el medio ambiente. Allí se generaron 2,72 millones de toneladas de emisiones de CO2.
Se estima que la Copa Mundial de Rusia 2018 emitió 2,16 millones de toneladas de dióxido de carbono, el equivalente a casi medio millón de automóviles conducidos durante un año.
Es probable que sea una estimación cautelosa según la ONU ya que “estas evaluaciones a menudo subestiman el impacto real de la huella de carbono del deporte, sin incluir el impacto de la construcción de nuevos estadios, el agua y la energía consumida para apoyar los eventos y la comida, plástico y otros desechos producidos durante los eventos”.
Nota publicada inicialmente en Diario Las Américas.
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