“Dejen de comportarse como niños que quieren meter las manos en todos los caramelos”, fue la frase que utilizó Sergei Kononuchenko, delegado de Rusia, para referirse a los países latinoamericanos durante la última plenaria de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP30), en Belém, Brasil. Las palabras de Kononuchenko llegaron tras las objeciones de algunas de las representantes latinas como las de Uruguay (en nombre del cono sur), Colombia y Panamá por la apresurada aprobación de algunos textos, entre los que constaban los indicadores que se utilizarán para medir la adaptación al cambio climático.
“No podemos respaldar un resultado de la Meta Global de Adaptación que represente un retroceso. Los indicadores fueron publicados muy tarde y no son los que negociamos por semanas. No hay metadata, no hay metodología, fue un trabajo de dos años”, decía la delegada de Panamá.
Su molestia se refería a la aprobación de 59 indicadores para medir la adaptación de los países al cambio climático, que no fueron los esperados ni reflejan el trabajo que se ha realizado durante estos años.
Ya en la COP28, en 2023, se adoptó el marco para la Meta Global de Adaptación, conocida como GGA por sus siglas en inglés. Como parte de estos compromisos, en la COP29 de Azerbaiyán se definió que, de las lista de 10,000 indicadores, en Belém se elegirían 100 para evaluar cómo los países están aumentando su resiliencia y disminuyendo su vulnerabilidad a los impactos del cambio climático.
Sin embargo, en el último borrador, los negociadores se encontraron con un número de indicadores que era casi la mitad de lo acordado y que no eran los que estaban en la lista original, que ya había pasado por una revisión técnica y científica.
Los resultados no convencieron a América Latina, y no solo por las inconsistencias del proceso o por ser “unos niños mal portados”. Esta es una de las regiones que menos emisiones genera, pero es una de las más afectadas por la crisis climática, por lo que todo lo relacionado con adaptación es crucial para su supervivencia.
Además, al desarrollarse en un país de la región y haberse promocionado como “la COP de la adaptación”, las expectativas eran altas. Pero los resultados dejaron un sabor amargo. No solo por los indicadores, sino también por la financiación para implementar estas medidas que les permitirán responder a los impactos del cambio climático.
La adaptación: un tema olvidado
Históricamente, la adaptación ha sido un tema relegado frente a la mitigación. Mientras este último concepto se refiere a los esfuerzos para combatir la crisis climática, que atañe sobre todo a los países desarrollados y mayores emisores, adaptarse es esencial para quienes ya sufren sus impactos, como las naciones que están en vías de desarrollo y necesitan prepararse para evitar que los daños sean mortales.
Según el último informe Estado del Clima en América Latina y el Caribe, 2024 fue el año más cálido en esta región desde que se tienen registros. Además, se han evidenciado eventos climáticos extremos como la sequía de ese año que ocasionó que el río Negro, en Manaos, Brasil, tenga el nivel de agua más bajo registrado en 112 años o las granizadas sin precedentes, con vientos de 66 km/h, que afectaron a las provincias Artemisa y La Habana, en Cuba.
Estar preparados para estos eventos es clave en América Latina y el Caribe. Sin embargo, la mitigación se suele llevar toda la atención. Datos de Naciones Unidas demuestran que el 90% de la financiación climática se destina a la lucha contra el cambio climático y solo un 10% a la adaptación. Con esta COP, se buscaba poner estos temas en evidencia.
“Es importante decir que esta era la COP de adaptación. Se esperaba la adopción de los indicadores y, en lugar de los 100 que se conversaba, se aprobaron 59, que no fueron del todo discutidos y que además están sujetos de alguna manera a tener financiamiento, pero de acuerdo a la decisión, no hay compromiso financiero para apoyar el monitoreo de estos indicadores”, explica Sandra Guzmán, directora del Grupo de Financiamiento Climático para América Latina y el Caribe (GFLAC).
Además de los problemas con el número y la calidad de los indicadores, a la especialista le preocupa que el texto “enfatiza que no hay una obligación o compromiso financiero” para cumplir con estos indicadores, lo que puede generar un mayor peso para los países en vías de desarrollo.
Triplicar el financiamiento
En la plenaria de la COP30 también se aprobó triplicar el financiamiento para la adaptación hasta 2035. El problema es que los países pedían que sea hasta 2030. “Es decir, en 10 años vamos a estar triplicando el financiamiento para la adaptación y para ese momento es un poco tarde”, explica Guzmán.
El último Informe de la Brecha de Adaptación del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente señala que, para 2035, las necesidades de financiación de los países en desarrollo para estos temas serán al menos 12 veces superiores a los flujos actuales de financiación pública internacional para la adaptación.
Esto se relaciona con otra preocupación. Guzmán dijo que en el texto aprobado consta que el financiamiento llegará de diferentes fuentes. “Ya está comprobado que la adaptación requiere que el financiamiento sea público y eso tampoco lo logramos”, añadió.
Ahora se tendrá que analizar cómo llevar todas las decisiones aprobadas a la práctica. “Nos vamos con sentimientos diversos. Fue un proceso que tomó mucho esfuerzo y nos vamos con tareas pendientes”, admitió Guzmán. Aunque aclaró que seguirán trabajando en el GGA y los indicadores hacia las reuniones sobre el clima el próximo año en Bonn, Alemania.
Por otro lado, para Natalie Unterstell, experta en políticas climáticas y presidenta del Instituto Tanaloa, la aprobación del paquete de decisiones para la adaptación en Belém fue “algo inédito e importante”.
La especialista dijo que, más allá de los temas pendientes, la decisión representa un avance, ya que se podrá medir el progreso de la política climática en términos de vidas salvadas e infraestructura resiliente, y no solo en toneladas de carbono reducidas.
Para ambas, la adaptación no puede esperar, especialmente porque la financiación para los países en desarrollo está disminuyendo, mientras que los impactos del cambio climático cada vez son más fuertes y frecuentes.

