Una investigación en la que se empleó un software para identificar genomas de microbios en muestras de agua marina detectó más de 230 “virus gigantes”, también conocidos como girus. Antes del cambio climático, estos virus eran desconocidos porque permanecían prácticamente cristalizados en zonas oceánicas donde las corrientes son más frías.
El biólogo marino Benjamin Minch y el virólogo Mohammad Moniruzzaman, investigadores de la Universidad de Miami, identificaron más de 230 girus desconocidos para la ciencia. De acuerdo con los resultados de su trabajo, publicado en la revista Nature npj Viruses bajo el título “Expansión de la diversidad genómica y funcional de los virus gigantes oceánicos globales“, esto representa un riesgo para la vida.
Para entender el problema, primero debe considerarse que mientras la mayoría de los virus tienen un grosor inferior al 0.5% del diámetro de un cabello humano, los girus son cinco veces más grandes. Sin embargo, ambos son tan diminutos que resulta imposible apreciarlos a simple vista, especialmente dispersos en el mar.
A pesar de su microscópico tamaño, estos virus suelen ser la principal causa de muerte de gran parte de organismos fotosintetizadores presentes en océanos, lagos y ríos, conocidos como fitoplancton.
Sin estos organismos, cerca de la mitad del oxígeno terrestre se vería comprometido, poniendo en riesgo la existencia misma de múltiples especies.
Aunque los girus fueron descubiertos hace más de una década en el permafrost siberiano, se desconocía que debido al cambio climático aparecerían centenares más, capaces de infectar diversos organismos que ayudan a depurar los océanos, como algas y amebas.
En su trabajo, los investigadores de la Universidad de Miami también mencionan haber detectado 530 nuevas proteínas funcionales, nueve de ellas relacionadas con la fotosíntesis. Esto indica que los “virus gigantes” podrían manipular la fotosíntesis del huésped durante la infección.
“Los virus gigantes suelen ser la principal causa de muerte de gran parte del fitoplancton, que sirve como base de la red trófica que sustenta los ecosistemas oceánicos y las fuentes de alimento. Este estudio nos permitió crear un marco para mejorar las herramientas existentes para detectar nuevos virus que podrían ayudarnos a monitorear la contaminación y los patógenos en nuestras vías fluviales”, señaló Benjamin Minch, autor principal de la investigación.

